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No pensaba escribir sobre los atentados de Francia porque mi intención a la hora de escribir este blog es hablar sobre los sitios que estoy descubriendo y las cosas que voy aprendiendo. Pero, en realidad, París fue una ciudad que descubrí hace tres años, que me acogió durante otros dos y que determinó mucho la persona que soy hoy.

Por eso hoy, con las banderas a media asta, quiero recalcar que no considero hipócrita alzarse por la pérdida de franceses y no hacerlo – del mismo modo – por todas las muertes que se cobran los terroristas en suelo sirio, afgano, libanés, iraquí… No es hipócrita sino triste. Triste porque hemos llegado a normalizar la muerte cuando se trata de un país en conflicto, que no está dentro de las barreras de nuestro preciado Occidente. Triste porque ya dan igual cien que doscientos, y ni siquiera llevan nombres y apellidos.

Es triste y también es lógico. Yo he paseado por las calles que sangraron el viernes, he vivido entre la gente que cantó La Marsellaise en voz alta y he celebrado momentos importantes de mi vida sentada en sus restaurantes. París es parte de mi y no lo son otros países. Creo que no es momento de juzgar si somos o hemos sido hipócritas, no es momento – y nunca lo será – de juzgar a todo el pueblo musulmán, ni de odiar o banalizar… Ni siquiera es momento de llorar sino de reír, bailar, salir, apoyarse y ser fuerte.

Por eso yo ahora digo je suis Paris, pero en realidad llevo años siéndolo.